Las huellas de la pandemiaRegión

La señora de la esquina murió por COVID, ahora mi madre y mi hermana están contagiadas

Foto refencial

El Buró

(julio, 19/2020) Ya no son solo cifras, ahora son amigos y familiares. El virus actualmente ha llegado a 2483 personas en Tarija y se ha llevado la vida de 63 personas; en esas cifras, que se incrementan diariamente, están contabilizados los contagios de mi madre y mi hermana, también la muerte de doña Caro y el deceso de la madre de una amiga.

Mi madre y mi hermana, al igual que miles de personas no creyeron que el virus les llegaría, al menos no tan rápido; pero sucedió, ahora conviven con el COVID-19.

Mi madre y mi hermana, al igual que miles de personas no creyeron que el virus entraría en su cuerpo.

Toda esta historia con el COVID empezó el 19 de junio, cuando un equipo de epidemiología del Sedes llegó hasta la esquina de la casa de mi madre, fumigaron la tienda y se llevaron a doña Caro quien atendía esa pequeña fondita; ni tan pequeña digo, pues ahí encontrabas desde pan hasta una pastilla para el dolor menstrual.

Los vecinos dicen que a la mujer la sacaron en una camilla, “bien encapsulada”, estaba al interior de algo así como un tubo de nylon.

Y así fue como salió de su casa y nunca más volvió aquella “linda mujer”, así la describe mi madre por referirse a que doña Caro estaba llena de vida y ocultada muy bien sus 68 años, si bien recuerdo su edad.

Aquella noticia escandalizó a todos los vecinos de la cuadra, incluida mi madre, quien me llamó por teléfono muy asustada. “ha muerto” “tengo miedo” “yo iba a la tienda todos los días, los chicos también”, “todos” “yo puedo tener el COVID”.

No saben cómo me costó calmarla ese día, pero al final se pudo, pero el pánico seguía atormentándola.

A los tres días de la noticia de la muerte de doña Caro, recibí la llamada de mi hermano, avisándome que mi madre estaba delicada, tenía fiebre, diarrea y chancahuesos. La llevaron al centro de salud. Ahí el médico descartó que fuera COVID, la atendió, la inyectó vitaminas y asumió que era un cuadro de estrés.

Al día siguiente, mi madre todavía seguía con ese malestar en todo el cuerpo, pero ella no estaba dispuesta a quedarse en la cama. Esa mañana se había dedicado a hacer la limpieza de la casa, pero se encontró con la sorpresa que había perdido el sentido del olfato, no podía oler ni siquiera la lavandina con la que desinfectó el piso, se asustó, y nuevamente fueron al médico. El doctor le pidió que se aislé de la familia y que las brigadas médicas irán a realizar las pruebas rápidas al barrio. Ya se rumoreaba que Tarija sería encapsulada.

Efectivamente, el jueves 25 de junio las brigadas de médicos llegaron hasta el barrio e hicieron las pruebas rápidas en toda la cuadra. Mi madre dio reactivo a la prueba, mi hermana mayor y menor dieron negativo.

Al día siguiente, le hicieron la prueba PCR, que es la prueba que finalmente define si tienes o no COVID. Por criterio de los médicos tomaron muestras de ella y mi hermana mayor Mariela.

Ese fin de semana mi madre se hundió en la preocupación, pues la noticia de dar reactivo a la prueba bajó sus ánimos en todo sentido. Estaba decaída, sus fosas nasales estaban tapadas, tenía una tos seca, y cuando se recostaba sentía una falta de aire. Con este cuadro de mi madre, pude comprobar aquello que dicen los médicos, “que la preocupación y el estrés afecta al sistema inmunológico”, y así fue, desde los resultados de la prueba rápida sus ánimos habían decaído.

Si les pido que no piensen en elefantes, ¿qué es lo primero que piensan? …en elefantes, ¿verdad?, así de imposible era pedirle a mi madre que no se preocupe. 

Ese eterno fin de semana, ella se encomendó a su creador y acompañó su fe con vapores de manzanilla y eucalipto. También ayudo bastante la compañía, pues toda la familia la llamaba por celular para recordarle que todo saldrá bien. Ella me decía que se sentía mejor cuando la llamábamos, se distraía y dejaba de pensar en el COVID.

El 28 de junio, cerca de las 23:00, mi madre recibió aquella llamada telefónica: era el Sedes confirmando que ella y mi hermana Mariela tenían COVID. Ya se imaginarán, esa noche no pegó los ojos.

Finalmente el 28 de junio llegaron los resultados de las pruebas PCR.

Al día siguiente seguía con los malestares, pero ya eran menos intensos. Ahora el virus ya aquejaba a mi hermana.  Mi madre dice que el COVID no dejaba dormir a Mariela, se despertada con la boca morada buscando aire, la cabeza le retumbaba y esa tos seca comenzaba a ser más frecuente.

***

Ya para finales del mes, en las redes sociales pedían donación de plasma de pacientes recuperados de COVID para la madre de mi amiga Rosmery, estaba muy delicada. Finalmente, su cuerpo no pudo luchar contra este virus y cerró sus ojos para siempre el 2 de julio. Esta noticia por supuesto me dejó noches enteras en vela, pues ese miedo que a mi madre le ocurriese lo mismo me carcomía el alma.

***

Así pasaron los días, y a la fecha (19 de julio) mi madre ya se ha recuperado totalmente al igual que mi hermana, ahora solo aguardan que el Sedes realice la toma de muestras de control, que confirmarán o no, si su cuerpo ya es inmune al virus.

Aquí termina este episodio de mi madre y mi hermana con el COVID, pero la historia continua, pues el virus sigue expandiéndose en la familia. Les puedo hacer un breve resumen:

Mi cuñado dio positivo, mi dos hermanos mayores y mi cuñada ya tuvieron los síntomas, pero todavía aguardan la toma de muestras, puesto que en el centro de salud del barrio les dijeron que no había los kits para extraer las pruebas, mientras tanto les medicaron con ivermectina.

En cuanto a los pequeños de la casa, los médicos han optado por no practicarles la prueba de COVID, dicen que la toma de muestras puede ser un poco traumático para ellos. Dos de los pequeños, de 4 y 6 años han tenido síntomas leves, algo similar a un resfriado, pero después de un día su salud ha vuelto a ser la misma: juegan, ríen, pelean, en fin, no se preocupan porque casi nada saben del COVID.

Los más jóvenes de la casa, mi sobrino de 19 y mi hermana Lidia de 20 años han dado negativo a la prueba PCR. Sin embargo, mi madre asegura que a Lidia ya le dio COVID porque tenía los mismos síntomas. Ambas compartían el mismo cuarto.

Aclaratoria:

He usado nombres ficticios para escribir esta crónica para evitar un estigma contra mi familia, aunque a este paso creo que es mínima la posibilidad, puesto que ya todos los vecinos de la cuadra de mi madre tienen COVID.

Autor:

Alguien que vive con el miedo que el virus se pueda llevar a un ser querido.